11.11.09

Acostumbrado a la lluvia

Lleva diez días lloviendo. Prácticamente sin parar. No he visto el sol desde ya no me acuerdo cuando. Y lo peor de todo es que ya ni me molesta.

Van más de dos años y las costumbres ya empiezan a ser inquietantes. No voy a decir que me guste el sitio, porque saldré de aquí en cuanto se me presente la oportunidad, pero al menos ya estoy acostumbrado. Esto me recuerda a las cinco fases del modelo de Kübler-Ross sobre el duelo.

1. Negación: Esto no puede estarme pasando a mí. No es posible que no haya vida en esta ciudad, que el clima sea tan malo y que estos gabachos sean tan cerrados. Sin duda esto va a mejorar rápidamente, sólo es una impresión pasajera.
2. Cólera: Estos malditos gabachos son todos unos .... ¿Cómo se puede llegar a ser tan ....? No me puedo creer que tarden un mes en entregar una p... nevera!!! Pero para qué quiero una nevera, si fuera hace más frío que en el congelador!!!
3. Negociación: A ver si una vez que mejora mi expresión en francés me hacen más caso. Quizás así pueda conseguir una mejor respuesta con los funcionarios. Y quizás con una ropa de más abrigo no tenga tanto frío...
4. Depresión: No sirve de nada hacer el más mínimo esfuerzo. Estos gabachos siguen siendo unos ... El frío me cala los huesos allá donde vaya, me siento solo y abandonado. Para qué voy a intentar nada más, si todo es inútil.
5. Aceptación: Aquí hace frío y llueve un montón, los franceses son cerrados y estoy alejado de familiares y amigos. Las cosas son así y no van a cambiar en breve. Sin embargo, disfruto del tiempo que paso con los míos, aprovecho el entorno en el que vivo tanto como puedo (para hacer deporte, excursiones, etc) y vivo mi vida sin tener en cuenta cómo está el tiempo.

El grado de aceptación al que he llegado es realmente alto. Hasta el punto de que prácticamente me considero tan integrado como se puede estar (o como yo puedo llegar a estar) en esta sociedad. A ello ayuda el hecho de que esté aquí sin solución de continuidad; a veces debo recordarme a mí mismo que sólo voy a estar aquí temporalmente y que en pocos años podría estar en París, en la China o de vuelta a Barcelona.

Alguien me dijo una vez que el tiempo acaba poniendo las cosas en su sitio. Sigo discrepando de ello, somos nosotros los que debemos mover las cosas. Pero por ahora todo va a seguir igual... o no?

19.9.09

Charmant Som

Tras más de dos meses sin publicar nada, ya toca poner algo. Entre el trabajo y la Fantasy, no queda mucho tiempo para otras cosas, pero seguiré intentando postear algo de vez en cuando.

Como rentrée, aquí van algunas fotos de la excursión al Charmant Som, otra montaña del macizo de Chartreuse, que hice hace unas tres semanas. El camino es muy facilito. Subir y bajar lleva un par de horas. Además, puedes comprar queso hecho con la leche de las vacas que te cruzas por el camino. Buenísimo, por cierto.

Os dejo buscar una montaña blanca al fondo de una de las fotos. Evidentemente, se trata del Montblanc. También podreís ver en una de ellas la situación del monasterio de los cartujos, donde sólo los monjes pueden entrar. Y, cómo no, la cruz que marca la cima de la montaña. Es la segunda en mi cuenta; ¿seguiremos acumulándolas?






















17.7.09

Excursión al Chamechaude

Este post debería haberlo publicado antes del de Buenos Aires, pero no tuve tiempo de organizar las fotos. Por cierto, ya estoy de vuelta en Grenoble y a muy pocos días de pillar las vacaciones. Y, por ahora, sin gripe!

En realidad, se trata de un post dedicado expresamente a todos aquellos que en estos dos años (se cumplen el 23 de este mes) que llevo en tierras galas han dicho en tantas ocasiones que se pasarán por aquí... y aún los estoy esperando. Aquellos que sí han venido, han podido ver la belleza de los parajes de la zona, aunque en la mayoría de los casos se ha tratado más de las zonas urbanas que de las montañas. Pues en esta pequeña colección de fotos (podéis hacer clic sobre ellas para ampliarlas), podréis ver algo de la belleza natural que se encuentra a sólo unos minutos de mi casa.

Hace un par de semanas, aprovechando que mi estado de forma es posiblemente el mejor de los últimos 15 años (y no sólo por lo que al peso se refiere), decidí empezar a explorar las cimas del macizo de la Chartreuse. Me había comprado un librito que explica diversas rutas y un mapa. Con ello y mi mochila, decidí encarar la cima más alta: el Chamechaude. La más alta, pero no la más difícil, según dicen. Aun así, el itinerario resultó algo más largo de lo que marcaba en el librito (2 horas de subida, por la hora y media marcada). Y la vista no fue tan clara como la esperada porque se fue nublando a medida que iba subiendo.

Sin embargo, como podréis ver en las fotos, igualmente fue espectacular.

El bosque de subida hacia la Folatière

Vista desde la Folatière. Al fondo, el río Isère
El champiñón de la Folatière
Otras cimas de la Chartreuse
A la puntita del medio es donde yo me dirigía
El camino está bien marcado, pero te rompe las piernas
Las vistas des de la cumbre
Cumbres Borrascosas
La cruz de la cima: 2082 m

12.7.09

Buenos Aires, ciudad fantasma

Ayer llegué a la capital argentina como tenía planeado, con algo de miedo en el cuerpo tras lo comentado por uno de los compañeros de mi empresa en Colombia, donde pasé la última semana. Las noticias sobre la gripe A eran dramáticas, pero uno nunca acaba de creerse este tipo de historias. Sin embargo, tomé precauciones más allá de las recomendaciones del departamento de salud de mi empresa.

En mayo de este año, nuestros viajes de trabajo a México fueron prohibidos, así como cualquier otro desplazamiento que no fuera totalmente necesario. La histeria llegó hasta el punto de que cualquier persona que hubiera salido del país (como por ejemplo, viajar de Francia a Suiza), debía ir a trabajar con mascarilla durante diez días. Además, debíamos llevar puestas las mascarillas durante nuestro paso por los aeropuertos. Evidentemente, las medidas eran sobredimensionadas y no consumí todas las mascarillas que me dieron, así que he podido usarlas ahora.

En los meses que han pasado desde entonces, la OMS ha declarado la pandemia, aunque los efectos de la enfermedad se han revelado menos agresivos de lo esperado en un principio. Las medidas de seguridad de mi empresa fueron levantadas sin condiciones, de forma que hoy se puede viajar a cualquier país del mundo sin necesidad de cumplir con unas reglas especiales respecto a la incidencia de esta gripe A.

Sin embargo, la situación no es igual en todas partes. Mientras que en México y USA, los países más afectados en un principio, parece que ya no se da mayor importancia al asunto, Argentina ha pasado a ser el tercer país con mayor número de casos. Sin lugar a dudas, el hecho de que el país esté pasando el invierno en estos momentos no ayuda en nada a la evolución de la enfermedad.

Las noticias eran alarmantes. Según el ministerio de sanidad, el número de casos podría haber superado los 100.000. Los muertos habrían rebasado la cifra de las cien personas en este mismo fin de semana. En la mayoría de casos, se habla de personas de entre 20 y 45 años, alejados del grupo de riesgo de la gripe normal. Según estimaciones, el stock de Tamiflu disponible para atajar la enfermedad no sería suficiente más que para el 5% de los afectados, de forma que hay gente que incluso ha llegado a viajar a Uruguay o Brasil para comprar el medicamento, incluso sin estar enfermos.

Peor todavía es el desconcierto organizado por las autoridades sanitarias. Adelantaron las vacaciones de los niños y cerraron teatros durante 15 días. El jueves 9 de julio era fiesta nacional y varias regiones decretaron el viernes como puente, cosa inaudita en la mayoría de los países de América del Sur, para que la gente se quedara en casa en vez de ir a trabajar. El uso de mascarillas está desaconsejado para los sanos, con lo que si te ven con mascarilla por la calle, todo el mundo pensará que estás enfermo. De hecho, es probable que hasta se te acerque un policía para invitarte a volver a tu casa o ir al hospital. Se han habilitado dormitorios en edificios públicos para los sin techo que estén pasando la gripe. Pero el colmo de lo que he visto en las noticias llegó es que algunos dirigentes regionales indicaron que los muertos por gripe debían ser velados por sus familiares con el ataúd cerrado y que no podían ser enterrados sino únicamente cremados. En las televisiones he llegado a oír recomendaciones de quitarse la ropa al llegar a casa y meterla directamente en la lavadora, puesto que los virus pueden vivir hasta 12 horas en la ropa y podríamos contagiar a toda la familia.

Y esto es sólo lo que he visto en prensa. Mi vivencia personal por ahora es que el vuelo que tomé de Lima a Buenos Aires estaba ocupado en menos de una cuarta parte del avión. Y éste era mucho más pequeño de lo habitual. La cola de inmigración no duró más de 5 minutos, cuando hay veces que pasas más de media hora. Había muy poca gente en el aeropuerto, aunque me sorprendió que nadie llevara mascarilla, excepto algunos pasajeros de mi avión y yo mismo; aún no sabíamos que nos iban a tratar como a leprosos por llevarlas. El taxista que me llevó al hotel, me informó de esta situación y me ofreció alcohol en gel para desinfectarme las manos tras subir al coche. Lo mismo ocurrió en el mostrador de recepción del hotel, donde también tenían su expendedor de alcohol en gel.

Pero lo más impactante para mí ha sido ver hoy las calles de la ciudad desiertas. Mientras que los domingos son festivos en Europa y estamos acostumbrados a ver poca gente en las calles, en América del Sur todos los comercios abren los domingos, por lo que mucha gente aprovecha para salir a comprar. Hoy no era así en Buenos Aires. Mi hotel está a unas pocas “cuadras” (como llaman aquí a las manzanas de casas) de la calle Florida, una de las arterias peatonales más concurridas de la ciudad. Mientras arreglaban la habitación, decidí desafiar el frío (que no es nada comparado con el de Grenoble, claro) y acercarme a dar una vuelta por esa calle. Normalmente, incluso cuesta caminar por allí, con tanta gente que se va parando en los escaparates, además del flujo que entra y sale de las tiendas.

Ahí fue donde llegó el shock, al ver que los únicos que estaban por la calle eran los vendedores de los kioscos. Ni un alma más. Increíble. Es como ver una película de la edad media, en la época en que la peste asoló Europa. De veras que sólo falta ver cruces marcando las puertas de las casas donde ha habido muertos por la peste. Cuando giras una esquina, esperas cruzarte con un carro llevando los cadáveres hacia las fosas comunes o los crematorios.

Las tiendas de las esquinas que abren 24 horas (como los pakis de BCN) siguen abiertas, pero no se puede entrar. Como si se tratara de una farmacia de guardia, utilizan las rejas que sólo usaban durante la noche durante todo el día. Y tampoco parece que tengan muchos clientes, aunque quizás la gente baje a comprar y suba corriendo a su casa para evitar cruzarse con algún apestado…

Ojalá este escenario sea sólo de fin de semana y que mañana, cuando vaya a la oficina, me encuentre de nuevo con la vida urbana que rebosa en esta Buenos Aires. En todo caso, el jueves vuelo de vuelta a casa, sin gripe, espero.